Un apunte de Jorge Arturo Díaz Reyes) Diez toreros, diez... la expresión de un derecho

 In "Del Toro al Infinito" )

Diez toreros / por Jorge Arturo Díaz Reyes

Antonio Ordóñez. Foto: Arjona, El Correo de Andalucía

Cómo a tantos aficionados, me viene hacerlas cada rato de: toros, ganaderías, faenas, plazas, libros, música taurina…, frecuentemente diferentes, confieso. Y ahora, una de toreros, muertos o retirados, que yo viera en muchas ocasiones y cuya condición de tales me haya conmovido particularmente.

Diez toreros
Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro / Cali, VII 25 2022

Hacer listas de preferencias es un hábito, expresión de nuestro instinto taxonómico, pero también un derecho. Cada quien puede hacerlas de: gustos, comidas, bebidas, paisajes, hoteles, canciones, amigos, flores, pinturas, ciudades, novelas, películas…, lo que sea, cualquiera vale. Libertad personal.

Cómo a tantos aficionados, me viene hacerlas cada rato de: toros, ganaderías, faenas, plazas, libros, música taurina…, frecuentemente diferentes, confieso. Y ahora, una de toreros, muertos o retirados, que yo viera en muchas ocasiones y cuya condición de tales me haya conmovido particularmente.

No pretendo decir los “mejores”. Aunque varios de ellos quizá cabrían en muchas antologías de los últimos setenta años, edad de mis recuerdos. Aquí van en orden de aparición.

Antonio Ordóñez. Cuando niño le vi debutar en la Santamaría de Bogotá (1952), inauguró mi afición, la marcó y luego con su trascendencia como torero puro y valeroso la honró. Hemingway lo inmortalizó.

Joselillo de Colombia, además del afecto paisano, por ser el primero que justificara la categoría de figura nacional nuestra, y hasta su fin uno de los principales defensores y promotores de la fiesta en el país.

Pepe Cáceres, por su torería 24 horas al día, todos los días. Por su estética. Por su desnuda humanidad en el ruedo, alternando la vulnerabilidad con el arrojo, la vocación con el empeño y el fracaso con el triunfo, hasta la muerte.

Curro Romero, que más allá de la divinización sevillana, estremecía con la sublimidad de sus pequeñas obras y el estruendo de sus inhibiciones. Pero sobre todo por la esencia, como tituló su biografía Antonio Burgos.

Paco Camino, por su tauromaquia de gran solidez, embebida de sabia andaluza en una versión muy propia e insoslayable. Las cuales no lograron embotar su temperamento ni el aseguramiento empresarial.

Manuel Benítez “El Cordobés”, su irreverencia interpretaba fielmente la de nuestra entonces joven y rebelde generación, convirtiéndolo en fenómeno cultural mundial. Quizá quien más universalizó el toreo, como cantó Gerardo Diego.

Santiago Martín “El Viti”, la ritualidad, la honestidad, la pulcritud. Auténtico maestro en todos los momentos de la lidia, aun en los menos felices. Su presencia confería grandeza y reverencia a la corrida. Lo de S.M. (su majestad) no era solo apócope de su nombre.

Eloy Cavazos, su autenticidad mexicana, su alegre valor, el hacer de sus faenas fiesta. En la plaza de Cali (mi ciudad) dejó recuerdos de amor propio, hombría, capacidad, y combatividad que no se borrarán.

José Mari Manzanares, porque a lo largo de su carrera me ofuscó el no encontrar en él ese arte prístino que pregonaban casi todos, y una tarde al fin, logré, como Saulo camino de Damasco, verla.

César Rincón, héroe de carne y hueso. Ahí está su leyenda. Forjada en las plazas del mundo. Su verdad rompió las adversidades. Como escribió Joaquín Vidal en 1991: “era el toreo eterno, nada más que eso”.