Evocación) En el adiós al memorable Jaime Ostos

Ahora toca hablar de él y sus gestas. Y ya lo vienen haciendo los medios con la sensibilidad que exige la noticia de su adiós desde poco más de las tres de la tarde (hora española) cuando transcendió que su corazón se había parado para siempre en Colombia, donde se encontraba pasando unos días de solaz en compañía de su amada e inseparable esposa Mariángeles Grajal.

En el adiós al memorable Jaime Ostos

Por Juan Miguel Núñez.
In "Del Toro al Infinito"
Madrid, 9 Enero 2022

Ha muerto Jaime Ostos, el gran torero Jaime Ostos, que fue genio y figura. Torero sobre cualquier otra notable acepción que pueda aplicársele por su heróica personalidad. Hombre de indomable valor, y no sólo en el ruedo frente al toro. Ha sido Jaime Ostos grande como artista vestido de luces y como persona en la vida corriente. Invencible en todos los casos.

Ahora toca hablar de él y sus gestas. Y ya lo vienen haciendo los medios con la sensibilidad que exige la noticia de su adiós desde poco más de las tres de la tarde (hora española) cuando transcendió que su corazón se había parado para siempre en Colombia, donde se encontraba pasando unos días de solaz en compañía de su amada e inseparable esposa Mariángeles Grajal.

Ostos, el valiente e intrépido; el bravo y osado... y, sobre todo, el torero de un temperamento y un palmarés de avatares que le confieren para siempre el título de memorable. Así, hoy que se nos ha ido para siempre, entra el maestro en la historia.

Mi homenaje a lo que fue y nos deja podría resumirse en lo que escribí de él en su cumpleaños último, el 8 de abril de 2021. Relato que acompaño, publicado en "Del Toro al Infinito". Noventa años y muchísimas cosas buenas.

Que Dios le tenga en su Gloria.

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Jaime Ostos: noventa años y está para reaparecer

Por Juan Miguel Núñez Batlles


Un grandioso torero como cuentan de él las enciclopedias y manuales más ponderadas de la tauromaquia. Pero también, y sobre todo, un extraordinario ser humano. Así como suena, sin coba alguna. De ahí que en el mismo elogio haya lugar también para una gran persona dado su apego indisimulado al cariño por los demás.

Jaime Ostos: noventa años y está para reaparecer

Juan Miguel Núñez Batlles
Periodista taurino /Publicado: 8 de Abril de 2021

Se dice pronto la historia de Jaime Ostos, que con noventa años y mil avatares que han transcurrido por él entre el triunfo y a veces también la adversidad, en los ruedos y en la calle, como torero y como hombre, es todo un ejemplo de sinceridad y amor por la vida. De afecto y amistad para darse a los demás en múltiples actuaciones y gestos de solidaridad, e igualmente por ese orgullo consigo mismo para no dejarse pendiente ningún reto.

Son muchas y variadas actitudes las que explican con exactitud cómo ha sido y es la crónica de su vida, del Jaime Ostos artista y ser humano, que a nadie deja indiferente.

Esto que escribo, hoy, 8 de abril, su cumpleaños, es precisamente para felicitarle con ocasión de esos noventa abriles llenos del arte y la pasión que definen su vida. Aunque quizás convendría advertir que habrá quien no conociéndole en las cercanías todavía sea reticente a estas alabanzas.

Porque a pocos se nos oculta que el maestro Ostos, también por su propia personalidad -forjada en el yunque de la veracidad a toda costa-, ha sido en algunas circunstancias asimismo personaje polémico, del que puntualmente han querido sacar tajada los de la carroña periodística. Claro que también por esa misma forma de ser que le caracteriza, él jamás se ha reprimido las ganas de darle carnaza a sus depredadores.

Un hombre valiente, pero que ha respetado, al tiempo que ha querido -más bien, ha exigido- hacerse respetar. Y no vale tomar esta frase como un simple juego de palabras. Pues ahí ha estado a veces el origen de muchas controversias en torno a su figura, por el hecho de que no se ha callado ni una, pero ni una, cuando él sabía perfectamente que tenía razón.


Un grandioso torero como cuentan de él las enciclopedias y manuales más ponderadas de la tauromaquia. Pero también, y sobre todo, un extraordinario ser humano. Así como suena, sin coba alguna. De ahí que en el mismo elogio haya lugar también para una gran persona dado su apego indisimulado al cariño por los demás. Aunque este lado de su personalidad haya estado más opacado, e incluso se haya visto denostado en la mal llamada prensa “del corazón”.

Y si por ese coraje y decisión que muestra en la calle le conocen ahora las nuevas generaciones, es bueno aclarar que como torero en los años cincuenta, sesenta y setenta, fue de un enorme y desmedido valor.

Héroe tantas tardes frente a los toros, triunfador en las más importantes plazas y ferias del orbe taurino, esto le ha costado también el tributo de los percances; y en este capítulo hay que anotar que hasta llegó a darse de cara con la muerte.

Fue en la plaza aragonesa de Tarazona, el 17 de julio de 1963, cuando sufrió una terrible cornada en el vientre por la que recibió la extremaunción y hubo de necesitar más de once de litros de sangre en transfusiones en una titánica y sorprendente intervención quirúrgica llevada a cabo por otro inefable personaje de este mundo del toro, el rejoneador Ángel Peralta, un innovador en todos los menesteres de su actividad, como torero a caballo y como ganadero; de modo que por aquel entonces practicaba "la cirugía" a los animales de su cuadra en un "quirófano" inventado también por él.

Hay un relato estremecedor del mismo Ostos, que ha contado en muchas ocasiones.

"Me salvó Ángel Peralta, porque el médico que había en la enfermería no puso un dedo en mi cuerpo. Peralta le dijo: ´Si usted no le mete mano, yo le opero como si fuera una yegua mía´. Se formó una cola de trescientas personas para ir donando sangre mientras Peralta me iba cogiendo órganos y suturando vasos. Luego estuve durante once días entre la vida y la muerte, pero al final salí adelante".

Al cabo de tanto tiempo ahora es obligado insistir en su brillante y ejemplar trayectoria artística. Una biografía en la que el valor y la técnica son determinantes para estar considerado todo un referente en el toreo de su época. Por su poderosa y al tiempo virtuosa muleta así como por su infalible y contundente espada, por tantas virtudes que atesoró frente a los toros

De sus logros en el ruedo se ha dicho mucho. Y todo muy bueno, insisto, por ser torero de gran predicamento. Figura indiscutible, o primerísima figura (y que cada cual ponga el grado superlativo que considere, si es que llegó a tiempo de verle vestido de luces para vivir su toreo con extrema pasión). Verdadero "Corazón de león", según el apelativo que le adjudicó el mejor escritor de lo taurino en aquella época, el genial Gonzalo Carvajal, que firmaba en el vespertino "Pueblo".

La lista de gestos, hitos y triunfos memorables de Ostos se hace interminable. No obstante, es obligado citar la tarde de las cuatro orejas en la corrida de la Cruz Roja en Sevilla, el 23 de mayo de 1968, día del Corpus, que fue precisamente cuando Carvajal se inspiró en su rotundo elogio. Y antes, en la feria de Abril de 1962, toreó dos tardes y en ambas cortó dos orejas, acaparando en todos los jurados todos los trofeos al triunfador del ciclo. Asimismo, el 4 de agosto de ese año, en la feria de Málaga, alternando con Antonio Ordóñez Paco Camino, "se entretuvo" en cortar cuatro orejas y dos rabos a una corrida de Atanasio Fernández. Esa temporada del 62 sumó 79 festejos, quedando el primero del escalafón junto a Diego Puerta.

El 1 de octubre de 1967, en una corrida de la feria de San Miguel, le fue impuesta en el ruedo de la Real Maestranza de Sevilla la Cruz de Beneficencia. Y a partir de este dato se hace necesario considerar la otra cara humana y benefactora de nuestro personaje. Pues es Jaime Ostos posiblemente el torero que más ha hecho por los necesitados. Su generosa aportación toreando más de trescientos festivales benéficos, en los que en absoluto cobró un sólo céntimo de gastos, habla por sí sola. De la misma manera que ha promovido numerosas actuaciones sociales en favor de los toreros, aunque lamentablemente muchas de ellas no llegaran a culminarse por la falta de oportunidad -valdría decir también que el fallo estuvo en "la sensibilidad"- de los propios compañeros.

Una vida, en fin, la de Jaime Ostos, que es una lección permanente que debería ser texto obligado en las Escuelas Taurinas de ahora, para que los jóvenes que por razones obvias no llegaron a verle torear sepan bien cómo se forja el espíritu de un torero -torero en la más amplia y gloriosa acepción de la palabra-, cuyo estilo sobrepasa el concepto de lo grandioso. Basta también con verle a sus recién estrenados "noventa" con ese aire juncal y elegante porte que se gasta.