Estimado señor Morante


Por Manuel Bohórquez

De niño quería ser torero para que mi madre no llorara más por no tener dinero para comprarnos un helado en verano o unos zapatos cuando llegaba la Feria de Palomares del Río, donde vivíamos. Mi ídolo era el Cordobés, pero cuando soñaba que toreaba alguna vaquilla en la era del pueblo, lo hacía como usted lo hace ahora: como si cantara una seguiriya gitana de Manolo Caracol. Un día le pregunté a Pepe Luis Vázquez, padre, el torero rubio de San Bernardo, de qué cante se acordaba cuando estaba en el centro del ruedo, solo, toreando de muleta, y me contestó: “De la seguiriya gitana”. Siempre que le veo torear a gusto, señor Morante, con el capote o con la muleta, me dan ganas de cantar seguiriyas de Tomás el Nitri, el Marrurro o Cagancho. Estos días he averiguado por qué al final decidí no ser torero: porque no podía torear como usted torea ahora. El toreo tiene sentido cuando es artístico, cuando hay duende y embrujo, como el cante jondo. Si no, es una carnicería. Matar a un precioso animal para nada. Me alejé hace años del mundo de los toros porque no soporto las carnicerías, pero he visto sus últimas corridas y he vuelto a sentir el torniscón del toreo de arte. O sea, el pellizco. Sin pellizco, el toreo es absurdo, una pérdida de tiempo. Como en el cante jondo, gitano o flamenco. ¿Sabe lo que le decía Joselito el Gallo a la Niña de los Peines cuando la veía entrar en su casa de la sevillana calle Santa Ana? “Tengo hambre de tu cante, Pastora”. Y es que el cante bueno apetece cuando hay hambre de pellizcos y de compás. De niño soñaba que toreaba como usted torea ahora, cincuenta años después: dándole la oportunidad al toro bravo de que se vaya al cielo de los toros escuchando una seguiriya gitana de Antonio el Chocolate envuelta en un capote de grana y oro empapado en fino de Jerez. Torear es como cantar lo jondo, señor Morante. Renuncié a ser torero porque supe que no tenía el don. Igual que renuncié a ser cantaor cuando supe también que no tenía el pellizco, el duende o la emoción. Cantar sin esas tres cualidades es un insulto a la música del alma, que es el cante jondo. Y torear sin arte, sin su arte, maestro Morante, una estafa. El toreo no debería ser visto como una pelea entre un hombre y un animal, porque si lo fuera ganaría siempre el toro, la fuerza bruta. El toreo es como una soleá de Alcalá en la voz de Juan Talega: la excelsitud del duende. Viéndole torear estos días, maestro, entendí al fin por qué dejé de soñar con el toreo, su toreo, cuando ni siquiera usted había nacido, y empecé a soñar con el cante. Llevo tres años viviendo en la Puebla del Río, en los pinos, su pueblo, y no veo la manera de que nos podamos ver un día para decirle que aunque no voy a las plazas de toros, cuando usted canta capote o muleta en mano, o torea a compás, renace aquel niño de Palomares del Río que renunció a ser torero y cantaor para no engañar a nadie. Ni siquiera a mí mismo.

(In "El Correo de Andalucía")

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